viernes, 30 de octubre de 2009

LA ULTIMA NOCHE DE JAZMIN O DE CARILA

LA ÚLTIMA NOCHE DE JAZMIN O DE CARILA


“PARA MIS MUÑECOS OLVIDADOS BAJO LA LLUVIA,
QUE NO SON MAS QUE NIÑOS ABANDONADOS A SU SUERTE;
HE ESCRITO ESTE CUENTO, YO”


La había vuelto a ver un día antes de esa noche. Cuando apareció detrás de los arbustos con su vestidito celeste que nunca le sacaban.
Ya caía la tarde. El agua de la piscina se enfriaba con la brisa del crepúsculo. Ella zigzagueaba entre las mesas del parque. Sonreía. Se agarraba del tronco de los jazmines y giraba en círculos hasta cansarse. Me miraba y cerraba los ojos avergonzada. Nadie le hablaba. Si no saltaba sobre una silla, recogía del piso chapitas, papelitos y hasta restos de comida que luego guardaba en sus agujereados bolsillos. Su cuerpo tenía la forma de los humos y el color de las ausencias. Caían sobre sus hombros dos gruesas trenzas negras.
La del caserón blanco y gris me contó que en una noche tormentosa, la vio correr buscando refugio debajo de un jazmín y que al día siguiente, con su vestidito mojado y sus trenzas chorreadas, se secaba al sol, jugando a la rayuela.
Unos recuerdan que alguna vez durmió sobre el tejado y que el borde de su vestido se quemó en la navidad de mil novecientos ochenta y uno. Otros dicen que suele pedir limosna a los costados de las rutas. La mayoría de las personas, jura no haberla visto jamás. Estos son algunos datos que he recogido con mucho esfuerzo, pues nadie quiere hablar del asunto. Yo misma omití revelar que hace diez años la vi colgada de los dinteles del portal de mi quinta de San Isidro.
La noche que regresábamos mi marido y yo de nuestra fiesta de casamiento, la encontramos sentada en la verja. Él pasó por su lado ignorándola, deseoso de encontrarse con los amigos que aguardaban en la casa, los que nos llevarían más tarde al aeropuerto. Yo no puede imitarlo. Me acerqué a ella y le pregunté su nombre. No respondió. Me arrodillé a su lado y me sentí igual de pequeña. Acaricié sus trenzas de lana. Dos botones de azabache eran sus tristes ojos. En una mano apretaba un jazmín. Se me ocurrió entonces llamarla Jazmín. Asintió complaciente su inmediato bautismo. Prendió la flor en mi pecho, mientras al cielo se le encendían las venas. Le susurré: No te abandonaré. Su rostro amarillo de rompecabezas se convirtió en mil cubitos de madera y todos giraron acompasados dejando en la superficie las caras púrpuras. Se había ruborizado.
Ya caían las primeras gotas de lluvia. Asió mis manos entre las suyas de lino y juntas arrancamos el collar de cuerda que enroscaba su cuello. No era un collar de perlas. Era un collar de cuerda.
Nos estábamos mojando. Miré su vestido celeste. Recordé el sol…La rayuela. Pensé: una noche de lluvia, dos noches de lluvia… una interminable sucesión de circunstancias adversas para una pobre niña. Se negó a entrar a mi casa, porque según sus únicas palabras, ya no era necesario.
Vinieron a mi encuentro para alertarme de la tormenta. Nadie reparó en Jazmín. Cuando quise incorporarme me di cuenta que ya estaba parada. Encontrar los ojos de mi esposo fue tan difícil como hallar una rosa en el cenit. Apenas si llegaba a la cintura de mis amigos. Sentí pánico de quedarme pequeña para siempre. Todos conversaban sin asombro, nadie notó la anomalía. ¡Yo les era indiferente, también me abandonarían! La sensación fue desapareciendo y paulatinamente me integré al mundo de los mayores.
Ahora dicen que Jazmín salta de rama en rama y que en las noches de rocío se humedecen sus trenzas largas… pero yo, nunca más la he vuelto a ver.

ALICIA MATVIU

NOCHE DE PREMIOS

NOCHE DE PREMIOS


Se dejaron caer por el rocoso barranco. Las piedras abrieron sus tiernas carnes con la facilidad de una hoja de acero. Se miraban las piernas y las palmas de las manos ensangrentadas, como si su propio cuerpo no les perteneciera. No sentían dolor, hambre, ni frío. Era inútil que una le expresara a la otra con palabras lo que sentía. A las dos el dolor del miedo les horadaba el estómago con la misma fuerza con que el rayo parte la rama. El dolor era el mismo cordón que las unía, el que navegaba en sus frágiles venas, el que concretaba en lágrimas sus penas de niñas. Sus sentimientos eran análogos. Parecida era su forma temprana de consumir la vida. Eran dos gotas cristalinas de inocencia. Eran casi una misma alma habitando dos cuerpos. Venían huyendo, sin entender bien por qué. Ignoraban si querían huir o querían esconderse. Habían descubierto el secreto de los Dioses y los Dioses lo sabían. Cometieron la imprudencia de encontrarse con la verdad antes del plazo fijado por las Sagradas Escrituras del Devenir. Pero el hallazgo se debió más al descuido de los Dioses que a sus respectivas mentes curiosas e inquietas. Intuyeron que a sus propias vidas les llegaba el fin, que les quedaban unas pocas horas antes del oscurecer. A medianoche deberían enfrentarse con los Dioses y éstos les proclamarían la sentencia. Sentían pánico cuando imaginaban mirar al Dios Varón a los ojos. Lo que habían descubierto era terrible. El descubrimiento pondría en jaque el equilibrio ancestral entre Dioses-Hijos y el normal desarrollo evolutivo de La Tribu. No habían descubierto sólo la verdad, lo cual no sería tan riesgoso conocerla antes de tiempo, sino algo que era más trascendente que la verdad y la vida misma: Los Dioses también mentían y ellas lo descubrieron. La mentira era un pecado capital en La Tribu. Creyeron que a todos les estaba vedado mentir, incluso a los Dioses. Conocían leyendas que contaban del exilio al que se condenaba a los hijos que mentían. Los Dioses no quedarían al descubierto por sus propias mentiras, ante ellas o ante los demás integrantes de la tribu. Les esperaba a las niñas un castigo inconmensurable por haberlos dejado en evidencia. Lo más probable, era que los Dioses las condenaran a muerte, no sólo por haber descubierto la verdad prematuramente, sino por haber osado comprobar que los Dioses mienten.
Sumidas en sus penas y cavilaciones, descansaron boca arriba sobre las piedras. Las sacó de su congoja la algarabía de los cantos de Lacia la Verde, que se los escuchaba golpear sobre las grandes rocas al este del barranco. Las dos la miraron con asombro y contentas. Sabían que Lacia la Verde era conocedora de La Verdad y La Mentira desde un año y medio atrás y había sobrevivido. Cantaba y parecía feliz. Las dos niñas volaron a su encuentro. La tocaban, la besaban y hasta la fastidiaban con una seguidilla de preguntas. Lacia permaneció en calma, hasta sentía un poco de piedad por ellas. Les contó de su propia experiencia cuando descubrió La Verdad. Les confesó que sintió un poco de pena. Pero que la pena se debía, en esos momentos, a que los premios dados por los Dioses, no los volvería a recibir. Lacia les dijo en voz baja, que ella lo sabía mucho antes del plazo fijado para la expiración que decretaban las Sagradas Escrituras del Devenir, pero que calló para no ser exilada o condenada a muerte por desacato. Las dos niñas se estremecieron al comprobar que sus especulaciones podrían convertirse en realidad. Lacia les advirtió que habían cometido una gran equivocación al dar a conocer a La Tribu que sabían de La Verdad y de La Mentira antes del tiempo de “Expiración”. Según Lacia, descubierta la verdad fuera de ese tiempo, los hijos pierden los premios dados por los Dioses y nada más, pero si La Verdad es descubierta dentro del plazo de Expiración... se comete desacato ¡y esto sí que merecía el peor de los castigos! Lacia la Verde gritaba: ¡El desacato enfurece a los Dioses! A las dos niñas se les desorbitaron los ojos mirando como se enrojecía y alzaba sus brazos hacia el cielo. Lacia se fue cantando con la misma alegría con la que las niñas la sorprendieron, como si nada hubiera pasado, como si nunca se hubiera cruzado con ellas. Las dos comprendieron que los Dioses poseían la potestad de mentir. Podían hacer uso de tal facultad extraordinaria porque la naturaleza la otorgaba a quienes habían sido los primeros seres que constituyeron La Tribu. Ninguno de los hijos podía hacer uso de tal potestad. Les estaba vedado mentir. Los Dioses los castigaban, los expulsaban de La Tribu si se atrevían siquiera a hablar de ejercer La Potestad. Ahora también sabían que además de no mentir, tampoco debían saber la verdad antes del plazo fijado, ni propalar por la tribu que los Dioses mienten y mucho menos, decirle a los Dioses cara a cara, que se sabe de La Verdad y de La Mentira antes de tiempo. También intuyeron que se puede callar la verdad, que es casi como una mentira no manifiestada, ya que es muy conveniente callar para salvar la vida, tal como había hecho Lacia la Verde al ocultar su descubrimiento antes del plazo fijado por Las Escrituras; o sea, antes del plazo de Expiración.
La noche ya tocaba las doradas cabecitas de Antra y Mantra, quienes asustadas, asumieron con entereza que debían regresar a La Tribu, dejar de huir o de esconderse. La suerte estaba echada. Al entrar al refugio, pretendieron ignorar la presencia de los Dioses que las espiaban por detrás de las hojas de unas enormes palmeras de agua. Deseaban dormir en sus camas de mimbre. Se sacaron sus zapatos raspados por las piedras del barranco. Se recostaron y se abandonaron al sueño después de un día de horror signado por la angustia. Por la mañana, las despertaron los Dioses. Antra y Mantra pensaron que, después de todo, los Dioses habían sido demasiado contemplativos por haber postergado la sentencia y permitirles dormir toda la noche. Se les ordenó ir hasta la orilla del lago Razaah. Ambas presentían que allí serían condenadas. Buscaron sus zapatos pero no los encontraron. Se sintieron humilladas al tener que asistir sin ellos al juicio. Cuando llegaron al lago, no había nadie más que el Gran Dios Varón y la Gran Diosa Mujer. Sobre sus zapatos raídos había nueces, higos, garrapiñadas, caramelos transparentes, herramientas de juegos, adornos corporales, instrumentos musicales y una sopera celeste para la casita de muñecas. Eran “Los Premios”. Los premios que nunca habían faltado para las fiestas de ésa época del año y que seguían renovándose al igual que el ritual que los creaba; a pesar de que los Dioses sabían que las niñas conocían La Verdad y La Mentira. La Diosa vibró de felicidad cuando observó a sus hijas chispeantes y jocosas recibir “Los Premios”. Ver que se prendían los adornos, que degustaban las golosinas y que jugaban a las visitas con el Gran Dios; la realizaba plenamente como mujer. Pero pronto una mueca de espanto retorció su boca cuando notó las laceraciones en las piernas y manos de Antra y Mantra. Las gemelas minimizaron las heridas y contaron que fue un simple resbalón por el barranco... La diosa aflojó su mueca y con un resoplo de enojo, rezongó: ¡Pero ya son grandes, che..!

ALICIA MATVIU

jueves, 9 de abril de 2009

CUENTOS QUE RECUERDAN MIS GENES

CUENTOS QUE RECUERDAN MIS GENES

Siempre me consideré una mujer racionalista. Más cercana a Descartes que al Buda. Por exceso de racionalidad dejé de ser católica y por ese mismo exceso, me convertí profundamente en cristiana. Pero mi lucha interna entre lo racional y lo místico (místico como aquello que se conoce más allá de la razón, ya sea por obra de la inspiración o de un estado de conciencia liberado de la lógica) fue encarnizada. La vida en su implacable transcurso, fue dando su propia lucha. Mi mente, mi cuerpo y mi vida, fueron el campo de batalla de dos contrincantes: la vida y yo misma. Finalmente Hubo un ganador. Después de muchos años de guerra y de batallas perdidas por mí, por supuesto, se impuso la vida. No he tenido la suerte de poseer el genio de Bécquer, pues si así hubiera sido, mi genio podría haber atado a un yugo a las dos y yo haber resultado vencedora de la lucha (…¡Tal es la inspiración!...¡Tal es nuestra razón!.. Con ambas siempre en lucha/y de ambas vencedor/tan solo el genio puede a un yugo atar las dos/ “Rimas” de Gustavo Adolfo Bécquer) Con el poco racionalismo que me queda, reconozco el hecho como una realidad. Y verdaderamente hay hechos en mi vida que son realidad y no están sujetos a ningún tipo de lógica, al menos a la lógica estrictamente racional que nos enseñaron. Y ante la evidencia inexplicable, ilógica, irracional, desorbitada, insólita… mi razón, se rinde. Pero mi razón no se rinde bajando los brazos. Se rinde en pleitesía a los pies de lo inexplicablemente ilógico. Aceptando la intuición, la inspiración, lo místico; como parte de una razón que aún no encontró su propia lógica para dar sustento cierto a lo que se percibe sin un exámen previo del intelecto. La vida, es lo que es. Una mixtura excelsa de carne y espíritu. De razón e inspiración. De lo que se ve, y de lo que no se ve, pero existe. El genio puede a un yugo atar las dos. Y para los que no tenemos genio, tenemos años. Muchos años. La vida nos evidencia que ella rebasa lo racional, que es mucho más que construcciones lógicas y correctas. Hay un mundo de sueños que parecen cuentos y de cuentos que parecen sueños. Pero que no son cuentos ni sueños… Tal vez, sean hechos. O tal vez sean cuentos. O sueños. Son la vida. Ignorar los sueños, los presentimientos, las premoniciones, la intuición, la inspiración; es el peor error que se puede cometer. Pero claro, no todos tenemos genio y no todos vivimos tanto…
“La última noche de Carila”, cuento que en un principio llamé “La última noche de Jazmín” (porque no conocía a Carila) es una historia soñada por mí; convertida en cuento. En realidad, fue un cuento que soñé y escribí. Pero es una leyenda griega, que pudo haber sido un hecho o simplemente un cuento. Lo que fue no lo sé. Ahora es una leyenda y es mi cuento. Lo escribí dieciocho años antes de leer la leyenda de Carila. Para los que no conocen la leyenda de Carila da lo mismo que lean mi cuento. En esencia, los dos cuentos (o leyendas) hablan del mismo tema y exponen casi literalmente los mismos símbolos. Me he visto tentada de adaptar mi cuento a la leyenda. Pero creo que habría cometido dos graves errores. El primero, sería dejar al lector sin el verdadero símbolo soñado. Y es muy interesante comparar los símbolos de mi cuento con los de la leyenda. Algunos son sorpresivamente similares y otros son idénticos. El segundo error, hubiera sido seguir utilizando forzadamente mi razón, para recrear una leyenda que no me interesa recrear y que está invocada aquí, por el sólo hecho de haberla descubierto dieciocho años después de mi sueño. Creo que Carila se merece que yo escriba mi sueño, tal como han ocurrido los hechos…
Apropósito de cómo la leyenda de Carila se encontró conmigo, fue a raíz de otro sueño que tuve. Este sueño es el cuento “el libro de la biblioteca” un libro duplicado, pero que sigue siendo uno sólo. La bibliotecaria lo tiene polvoriento y catalogado en alguna estantería simétrica (como diría Borges) y yo lo tengo en la mía. Lo leí por primera vez, después de cuatro años de una supuesta apropiación indebida. ¿Cómo se llama el libro? Algo así como “Diccionario de leyendas y mitología griega y romana”. Abrí el libro al azar y apareció la palabra “Carila”. Allí estaba esperándome Jazmín para decirme que existía; dentro de una leyenda, o de un hecho.
El libro estuvo cuatro años mostrándoseme para que yo lo leyera. No era una lectura prioritaria en mi lista de libros. ¿Qué me impulsó a leerlo? La fuerza de una inquietud por lo genético o lo heredado. Por casualidad me enteré que mis pies corresponden a un tipo genético llamado pie griego. Pues el segundo dedo es más largo que el resto. Miré el libro que decía “griega” y allí fui. (Demás está decir que Aristóteles coincide con algunas de mis apreciaciones acerca de la moral). Encontré en el reverso de la tapa un sello que decía “Biblioteca del Colegio…” año 2001. ¿Por qué el libro estaba al alcance de mi vista aquél día? Es algo muy ilógico para poder explicar…
Los cuentos que les cuento, no son sueños, sino historias reales. Hechos que sucedieron y se repiten en el tiempo de diversas formas. Hechos que se manifiestan en mis sueños. Son hechos atemporales. No lo duden. Y los hechos reales de mi vida, como “Noche de premios” también se los cuento como cuentos, porque en realidad, son cuentos. Aunque no me explico por qué, se me ocurrió llamar a la amiga de las nenas “Lacia La Verde” antes de leer el imprudente diccionario. En fin, la vida es todo esto, ahora lo comprendo. Es razón e inspiración. Yo también, les confieso, que “he vivido”.